Votando con nuestros pies: mujeres (y niños) en Israel llevando a cabo nuevos movimientos: artículo

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Rela Mazali, New Profile

En Israel está surgiendo un nuevo movimiento de mujeres en contacto con un movimiento de jóvenes ya existente, pero no reconocido. Las mujeres están desafiando los riesgos que el estado tiene previsto tomar con sus vidas. Entre ellas hay mujeres y esposas que dudan del uso que el estado está haciendo de sus hijos, hijas y parejas en el ejército. Para protestar contra la militarización perversa de su sociedad, han comenzado a trabajar por la retracción del préstamo permanente al ejército de vidas judeo israelíes. Los jóvenes están evitando deliberadamente el reclutamiento en las Fuerzas Armadas de Israel. Este movimiento compuesto está por todos lados, desestabilizando las diferencias entre lo público y lo privado, lo emocional y lo racional, el hombre y la mujer.

Siendo una mujer casada y joven en los años setenta, la única pregunta que conocía era la de cuándo iba a tener un hijo, no si lo iba a tener. Nunca se me ocurrió preguntarme a mí misma si mi pareja y yo, o nosotros, queríamos emprender el proyecto de tener hijos. Hoy en día, a finales de los noventa, no creo que la situación haya cambiado mucho en la sociedad laica judía de Israel. Aquí las mujeres son o madres o fracasos, parafraseando a Adrienne Rich (1976). Las señales están por todos lados. Medidas como la financiación pública para tecnologías avanzadas en reproducción, las prestaciones estatales para niños, etc. son progresivas en cuanto a los derechos reproductivos y económicos de las mujeres. Sin embargo, en una sociedad tan manifiestamente machista en otros aspectos, también representan la presión que existe sobre las mujeres para tener hijos. Es más, un poderoso espíritu de maternidad asigna a los niños un acceso privilegiado a recursos familiares, en particular a la energía y el tiempo de las madres.

Y aún así existe una notable diferencia entre los niveles familiar y comunitario. Mientras que la cultura judeo israelí pueda considerarse como una cultura orientada hacia los niños, una sociedad que empuja hacia la maternidad, no necesariamente prioriza a los niños. Probablemente sea lo contrario. Por citar algunos datos reveladores: el número de horas de clase por alumno disminuyó de manera constante durante los años ochenta y, tras un breve aumento a mediados de los noventa, está disminuyendo de nuevo. El presupuesto total del Ministerio de Educación para 1998 fue un 0,15 por ciento menos que el de 1997 mientras que el número de estudiantes aumenta un 2 por ciento anualmente. En los años cincuenta, las familias vivían y trabajaban en condiciones similares a las de los colegios. Sin aire acondicionado ni calefacción, con suelos de baldosas de cemento, sin insonorización ni moquetas, con muebles incómodos y aseos públicos inutilizables. Los hogares tampoco tenían aire acondicionado, ni suelos enmoquetados, ni papel higiénico de seda. Hoy en día la mayoría de la población adulta vive y trabaja mucho más cómodamente mientras que los colegios de nuestros hijos se mantienen igual que entonces. El número de alumnos por clase en los colegios de primaria, treinta y nueve, no ha cambiado en unos veinticinco años.

Estoy afirmando una contradicción, en un Israel judío y laico, entre las actitudes hacia los niños a nivel personal y familiar y a nivel colectivo y comunitario. De manera significativa, parece seguir la división que se percibe entre la esfera de las emociones, lo privado – considerada la esfera de las mujeres –, y la esfera pública de los presupuestos, la política profesional, el pensamiento racional, los negocios y la guerra, considerada como la esfera de los hombres. Si bien se trata de una construcción social, creo que esta separación refleja la división actual entre el trabajo y el poder en nuestra sociedad que forma parte del mecanismo que los mantiene y define. Por lo tanto, se espera de las mujeres, a quienes se les asigna la mayoría del trabajo abiertamente emocional, que sigan y respondan a sus propios sentimientos así como a los de los demás, expresando el llamado espectro emocional suave.

Por lo tanto, las mujeres pueden constituir un vehículo significativo para los hombres, reflejando y haciendo tangible una gama de sentimientos a la que los hombres le restan importancia. Pero esta licencia para expresar los sentimientos es igual al precio exorbitante que se debe pagar por no ser tomadas en serio. Las expresiones de las mujeres son desacreditadas categóricamente por ser emocionales, histéricas y por, supuestamente, dejar que los hombres se encarguen del las conversaciones sobre “el mundo real”. Ésta es una manera por la cual la construcción social mantiene una distribución desigual del poder.

¿Cómo se puede tolerar esta contradicción entre el la situación del niño en la familia y en la comunidad? En particular, ¿cómo pueden las madres permitir que exista tal contradicción? Centrándome en una de las posibles respuestas, voy a describir cual considero que es el papel del niño en el refuerzo de la socialización de sus padres. Los padres que llevan a sus hijos al colegio, observan las costumbres con ellos, acuden a eventos públicos, están guiando a sus hijas a través de una serie de instituciones gestionadas por la sociedad y que la definen como tal. Algunas de estas actividades son cotidianas: servir Chala (pan del Sabbath) los viernes, llevar a los niños a procesiones, firmar las notas del colegio. La mayoría de los padres hacen estas cosas de manera automática; pero al hacerlo, expresan su pertenencia a la comunidad, la aceptación de sus contratos básicos. Participando en esta estructura social están ejerciendo su jurisdicción sobre sus hijos.

Cuando un hijo “llega a casa con” algo que un padre considera reprobable, la madre tal vez no “monte un escándalo porque todos los demás niños van a ir con lo mismo”, por ejemplo. Por lo general son las madres las que tienen que tratar estas cuestiones tan (in)significantes, mientras que los padres ni se enteran de ello. Muchas madres, reacias a que su hijo se sienta excluido, evitan a los profesores desafiantes por miedo a que éstos puedan “vengarse” con su hijo. Por ello, muchos de nosotros en Israel, y en contra de nuestras creencias, enviamos a nuestros hijos a excursiones escolares para celebrar la denominada unificación de Jerusalén, o comprando libros en hebreo que se refieren tanto a los niños como a las niñas en masculino, etc. “Saltárselo” es la costumbre, protestar, la salida más difícil. Por consiguiente, para invertir el vector general que suele ir adjunto a la socialización, los niños a menudo actúan involuntariamente como los re-socializadores de sus padres, con la participación de sus madres en particular en una red de instituciones sociales y afianzando aún más su conformidad y silenciamiento.

Dichas estrategias de silenciamiento se combinan con la división que se percibe entre lo privado y lo público. La actitud de las madres hacia los hijos es considerada por muchos como irracional, emocional, poco profesional, sólo aceptable en los confines de la familia, pero no en la comunidad.

Esta contradicción entre las actitudes familiares y públicas hacia los niños es de lo más relevante en el momento de unirse a las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, en sus siglas en inglés). A los dieciocho años, los jóvenes israelíes están alcanzando la edad adulta según los patrones occidentales. A nivel familiar, alistarse contradice completamente el compromiso de los padres de proteger a sus hijos, pero los padres de los reclutas han sido re-socializados para aceptar estos caminos ordenados públicamente para sus hijos. La cohesión reforzada con el colectivo alcanza su punto álgido cuando las vidas de estos niños son depositadas literalmente en manos del estado. Una vez que se han convertido en soldados, el mero hecho de cuidar de ellos, lavarles la ropa o cocinar para ellos cuando vuelven a casa, equivale a apoyar al ejército y al estado. Un comandante de las IDF escribió recientemente a los padres de sus soldados antes de un periodo de servicio en combate al sur del Líbano, “Quiero darles las gracias por apoyar a su hijo y permitiéndonos así tanto a él como a nosotros llevar a cabo nuestras funciones.”

Con respecto a la división emocional-racional, de hecho, se espera que las madres muestren desolación por el reclutamiento de sus hijos. La manifestación de su miedo y dolor ofrece tanto al recluta como a su padre y hermanos una válvula de escape para los sentimientos que ellos no expresarían por sí mismos. La reacción de una madre refleja la incorporación como fatídica e importante. Sus gestos son el espejo de aumento mencionado por Virginia Woolf en ‘Una Habitación Propia’ (Woolf, 1929) para ser “esencial a toda acción violenta y heroica.” Al ser un espejo, las madres también son cómplices de su propia desaparición, no se las debe tomar en serio. Sobre todo porque la madre no ha pasado a la acción para intentar obstaculizar la incorporación de su hijo.

A nivel comunitario, la movilización devalúa las vidas. Cuando una sociedad elige a un grupo de personas en particular – definidos por su edad y sexo – para poner sus vidas en peligro para prestarle servicio, y cuando continúa asignando este tipo de servicio a grupos sucesivos durante un largo tiempo, está diciendo efectivamente que esta categoría de personas es relativamente prescindible. Está diciendo que el conjunto de la sociedad (no las familias individuales) puede hacer frente a la pérdida continua de algunos miembros de dicho grupo. Tanto si se trata de una necesidad imperiosa o no, continúan siendo, principalmente, los miembros de un grupo específico de israelíes los que corren los riesgos. Por consecuencia, su posible pérdida es relativamente soportable para la comunidad.

Eric J. Leed dice que durante varios siglos, los hombres jóvenes fueron una exportación principal del continente europeo y sus colonias: ‘Un panel de ciudadanos… que debía determinar si el envío de un gran número de hombres en la expedición de Coronado de 1540 debilitaría a la colonia de México, decidió unánimemente que el envío de estos jóvenes superfluos beneficiaría a la colonia… Jóvenes sin lugar, sin familias o sin profesión más que las armas, eran claramente anómalos.’ (Leed, 1991). El grupo designado al servicio en el Israel de hoy en día no es exportado. De hecho, tras el servicio militar obtiene grandes privilegios, en aspectos cruciales, tales como el acceso a ciertas áreas del empleo, préstamos bancarios, etc. Sus miembros no son anomalías. Sin embargo, la devaluación colectiva oscurecida por estos privilegios es revelada, en mi opinión, a través de la comprensión de algunos de los orígenes de los ejércitos modernos.

Un texto del sionismo**, Altneuland de Theodor Herzl, se centra en el anómalo Friedrich Lewenberg, también exportado de Europa. Sin familia ni empleo, en un principio era afeminado y débil. Pero veinte años en una isla remota hicieron de él un hombre fuerte como un roble, y así se personó en Palestina, en la vieja-nueva tierra. En su diario Herzl escribió, ‘Debo educar a los jóvenes para que se conviertan en militares. Pero en un ejército de verdad, una décima parte de los hombres – una cantidad menor no será suficiente de manera interna.’ Una de sus cartas decía que, ‘media docena de duelos aumentarían considerablemente el estatus social de los judíos.’ (Lucker, 1960). Éste no se trataba de un medio para la supervivencia de la nación judía. Poner en peligro a estos hombres hipotéticos era para Herzl un medio imaginable de mejorar la posición social de la colectividad judía.

El despliegue de hombres jóvenes como instrumentos de fuerza y estatus comunitarios era entonces (y sigue siendo) un aspecto central del sionismo. Creo que ésta es la clave para entender la discrepancia actual entre la vital importancia que la mayoría de las familias judías les dan a los niños en Israel y la devaluación relativa y continua a la que la comunidad somete sus vidas. También creo que ayuda a entender la complicidad de los padres con esta devaluación. Como dijo uno de mis amigos, ‘¿Cómo es que no los escondemos debajo de las camas?’. Una de las razones por las cuales no lo (solemos) hacer, es, creo yo, un proceso de “resocialización”, superpuesta a las implicaciones de la división público-privado percibida.

Y, sin embargo, un fenómeno trascendental, aunque incipiente, está emergiendo actualmente en Israel. Su manifestación más reciente es el creciente número de mujeres, muchas recién llegadas a la acción política, que están desafiando la devaluación por parte de la comunidad de la vida de israelíes, palestinos, libaneses y demás personas. Las mujeres están desafiando el privilegio del estado de continuar tomando riesgos programados con las vidas de sus hijos, sus compañeros y demás, con el objetivo de mantener las políticas estatales. Algunas de nosotras hemos reconsiderado nuestra visión sobre la historia de combate y guerra de nuestra comunidad, y hemos terminado por verla en gran medida como resultado de las políticas de nuestros líderes más que una hostilidad exterior inevitable. En lugar de amenazas existenciales, estas mujeres ven riesgos calculados. Ellas (o nosotras) entienden que estas políticas han dependido, durante décadas, del poder militar para imponer los términos que mejor les convengan a los líderes en el poder. Tras cinco décadas en las que las vidas de los jóvenes han sido utilizadas intencionadamente para lograr fines políticos, ya no creemos que sea algo inevitable.

Creemos que la única política que en realidad valora las vidas es la de una redistribución minuciosa y seria de los recursos – tierra, agua, información – entre judíos y palestinos, entre libaneses y sirios y jordanos. Estamos convencidas de que es posible y cada vez nos sentimos menos intimidadas por la división público-privado. Cada vez estamos reclamando más la legitimidad (en la esfera pública y racional) de nuestras emociones y de nuestro fuerte compromiso para preservar la vida y la salud, valorándolas por encima de lo que es, supuestamente, más racional.

Estoy sinceramente impresionada por la cantidad de mujeres de todo el país que me encuentro y que comparten mis mismas ideas. Llevo alrededor de una década hablando y escribiendo sobre estos temas, pero nunca había visto este tipo y esta cantidad de respuestas que recibo ahora. No tengo ninguna duda de que vamos en aumento. Muchas estamos empezando a hablar de la no-cooperación. La no-cooperación con la obligación de proporcionar a los políticos una base de poder siempre disponible de vidas y cuerpos jóvenes. Algunas mujeres, dudando de la justicia y la moralidad del servicio militar en Israel, están empezando a hablar de ello abiertamente – entre ellas, en los medios de comunicación, en manifestaciones, con las parejas y con los niños – para que todos empiecen a pensar en ello en lugar de crecer dando por sentado el reclutamiento.

Además, desde hace unos años ya, cada vez más jóvenes en Israel han decidido no alistarse o por lo menos se aseguran de no servir en un puesto de combate. Israel es el único estado considerado generalmente como una democracia occidental que no les ofrece legalmente a sus hombres la objeción de conciencia. En junio de este año, el Tribunal Superior de Justicia celebró audiencias sobre la impugnación de la exención de reclutamiento para los estudiantes del seminario judío ortodoxo (yeshiva). La defensa del ejército alegó que no había existido discriminación contra los judíos laicos basándose en que supuestamente también licencia a los objetores de conciencia. Un examen más detallado reveló que esto era algo muy poco frecuente. Es más, la disponibilidad de la objeción de conciencia no es de dominio público y no está expresamente prevista por la ley. Aunque sí que existe una exención legal para las mujeres, ellas también suelen encontrarse con muchas dificultades para conseguir dichas exenciones.

Por consiguiente, muchos hombres y mujeres jóvenes obtienen exenciones basadas en la incapacidad emocional o psicológica, clasificadas por el ejército como “Perfil Militar 21”. Este término se utiliza para muchos diagnósticos, desde enfermedades mentales severas hasta la falta de adaptación. En realidad, el ejército anima de manera no oficial a los jóvenes “desmotivados” y a los posibles “alborotadores” para que opten por el “Perfil 21”, seguramente con el objetivo de oscurecer la tendencia social que estoy describiendo. Estos jóvenes acaban constituyendo lo que las autoridades y los medios han calificado de “problema de motivación”. Se sienten marginados por los procesos de toma de decisiones que ocurren por encima de sus cabezas y que se basan en el recurso de sus propias vidas. El colegio les ha enseñado que sus intereses y su bienestar no se acercan siquiera a las principales prioridades de su comunidad. Están completamente en desacuerdo con las identidades que la sociedad les ha asignado. No creen a los dirigentes israelíes, si bien muchos de ellos no saben muy bien en qué creer. Ya no ven dónde está el “peligro existencial” y no consideran las confrontaciones militares como inevitables. He oído a muchos jóvenes decir, “No quiero matar a nadie y no quiero que nadie me mate”.

En su mayoría, estos jóvenes hombres y mujeres no tienen ninguna organización formal y muchos de ellos carecen de una ideología estructurada y cristalizada. Pero son un autentico movimiento de base, compuesto por individuos y llevando lo que yo considero como uno de los cambios sociales más importantes y significativos que se van a producir en Israel. Según el antiguo ministro de educación, Amnon Rubinstein, el 25 por ciento de los candidatos al servicio militar son licenciados cada año debido a su incapacidad. En conversaciones privadas he llegado a oír estimaciones de hasta el 30 por ciento. Estos datos no incluyen a los judíos ortodoxos que están exentos por motivos religiosos. Por supuesto, no todos los que son licenciados están evitando el reclutamiento de manera intencionada. Algunos son en realidad inadecuados para las rígidas exigencias militares. Pero el 25-30% anual parece un porcentaje bastante grande para lo que es considerado como un “ejército del pueblo”. Dentro de poco estos números tendrán que comenzar a contrarrestar las sanciones sociales que se cree esperan a aquellos que no han servido en las IDF. Mientras tanto, miles más deciden servir por miedo a excluirse a sí mismos de ser socios de pleno derecho y de perder su posición dentro de la sociedad israelí (para la que el servicio militar ofrece una vía central), pero toman medidas para evitar puestos de combate.

Estos jóvenes están votando con sus pies. Están abandonando un sistema por el cual se sienten seriamente explotados. Al mismo tiempo, más y más mujeres y madres están haciendo lo mismo, actuando sobre sus emociones y creencias. Creo que la sociedad israelí necesita escuchar.

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* Este artículo, publicado en: f/m feminist magazine, número 3, mayo de 1999, Irlanda, se basa en un trabajo presentado en la conferencia: Mujeres y Sentimientos Morales en Momentos de Guerra y Paz, Universidad de Haifa, Israel, 1 y 2 de junio de 1998. Gran parte del trabajo evolucionó de una colaboración con una buena amiga, Haggith Gor.

** Tanto por las referencias como por las opiniones sobre los textos sobre sionismo, estoy en deuda con Michael Gluzman. Ver por ejemplo, “El Anhelo de la heterosexualidad: el sionismo y la sexualidad en Altneuland” en: Teoría y Crítica, Volumen 11, invierno de 1997, páginas 145-162. [En hebreo, las traducciones son mías]

Referencias:

LEED, Eric J. (1991) The Mind of the Traveler: De Gilgamesh to Global Tourism, BasicBooks, USA, p. 47.
LUCKER, Berl (1960) “Openning Remarks to The Jewish State (Vol. I), traducción del hebreo D. Kimchi, Jerusalem, The Zionist Library, p. 75, citado en Michael Gluzman, ver arriba.
RICH, Adrienne (1976) Of Woman Born, W.W. Norton & Co. USA.
WOOLF, Virginia (1929 [1994]), A Room of One’s Own, HarperCollins, p. 41.

Fuente: http://www.newprofile.org

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